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Por Rafael Guedes
Twitter, Flickr
August 24, 2010
Un cuento porteño

Texto produzido para a pós com vinte palavras pré-determinadas.

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Diván

Quitó su saco con la rapidez con que lo hacía cuando el calor empezaba a derretir la grasa a través de sus sienes. Como un oso del Ártico que sufre solitario la fiebre de los nuevos tiempos, miraba inerte al invierno cocinar a la gente en el vagón del tren. No había, al final, mucha diferencia entre su rutina y el hibernar. Se había conformado al pasar de los días sin mirar el calendario como hacen las personas a la búsqueda de un feriado para compartir. A la excepción del salvavidas que le dio un nuevo chance en el mundo hacía algunos años -cuando se metió en el río midiendo su profundidad con los dos pies- y de una exitosa cirugía para sacar una piedrita angulosa del riñón izquierdo, sus recuerdos de las vacaciones no eran más que el veneno del cotidiano que no permite a uno fijarse en algo especial.

Así que una vez más se había olvidado a que piso se dirigía y se dio cuenta de que había perdido la servilleta en la cual lo había anotado. Se puso entonces a dialogar con su intuición. Dos estaciones más, pensó, y está la florería del paraguayo. Ahí bajo, decidió. Se posicionó a la derecha de la escalera mecánica a observar el apuro de los que tienen algo que hacer. Le molestaba la picazón del viejo saco y se preocupó al darse cuenta de que, mientras mentalizaba sus quejas, se movían sus labios. Sería un indicio más de la vejez.

De mirar la florería sabía que le vendría la dirección. Encendió un cigarrillo enfrente a la pescadería, imaginando el dolor de tantos pulpos y langostinos y monstruos marítimos que con tantas patas y ninguna peste que los hubiera eliminado no lograron escapar del lujo de uno menú de esquina. 1560, 4C - le vino de golpe. Tantos años después y eso de acordarse de números ya era un reto sin mucha importancia. Él ya no tenía teléfono y tampoco a quien llamar.

El paraguayo que le ofrecía una flor le saludó y le invitó a un jugo de naranja. La imagen del jugo, claro y feo como orina, le hizo acordar de que necesitaba ir al baño. Sonrió o imaginó haber sonreído al comerciante, y tuvo al fin un motivo para apurarse.

Tocó el timbre tres veces, se disculpó ante la señora que le miraba con su cara de susto detrás de la puerta y con una rápida mesura le pidió permiso para ir al toilette. Dale, el doctor ya viene, dijo la mujer, mientras le abría camino hacia el consultorio.

Entró en el baño y evitó el espejo. Ya conocía su propio rostro. Había una incómoda mancha roja en su frente que le hacía peinar el cabello de modo de cubrirla con una rala trama gris. A su mamá le parecía lindo, pues veía en ella la forma de una mariposa. Pero eso era hacía tiempo, y ahora inclusive le molestaba la idea de encontrar figuras en las formas que producen los alimentos, las manchas de piel y, principalmente, las nubes.

Volvió a la antesala y, por mucho que quisiera, no entendía por qué los consultorios tenían siempre tantas revistas femeninas. Eso lo hartaba, como casi todas las adicciones morales de la gente, tal vez porque se hubiera dado cuenta de que, cuando las leía, descubría cosas.

Mirándolas en ese día supo que amamantar no hace cambiar el equilibrio simétrico de las tetas y que pantalones rayados no van bien con camisa ajedrez. ¿Y por qué carajos no?, se indignó, con la autoridad de quien los había usado por toda la vida. Seguro lo dijo en voz alta, porque al levantar la cabeza encontró al psicólogo y la secretaria mirándole algo confusos.

¿Señor Javier?, le invitó el doctor.

Saludos cordiales. Ojos penitentes de jirafa bajo la cabeza pelada, pecho encogido y brazos de niño, flaco y amable como una víctima de bullying, pero siempre dispuesto a cobrar la cita a la llegada de su paciente. El psicólogo no parecía exactamente el tipo que va a salvar a uno del pozo de las amarguras. Sin embargo, tenía algo en el hablar que conmovía a las personas y les hacía llorar abundantemente, proporcionándoles una sensación casi catártica de que se habían expurgado de sus demonios. Reside ahí el secreto de los psicólogos, concluyó el paciente.

Pero no estaba ahí para eso. No hubo muchas palabras. Él se quitó el saco y fregó los pies empujando los zapatos viejos para deleite de los ácaros de la alfombra, y se acostó en el diván del doctor, sintiendo en la espalda la felicidad de los afortunados.

No había en el mundo un diván más cómodo. Cama turca con tela de uso rudo, el color zanahoria como del viejo sofá de su mamá y una tendencia a acomodar su cuerpo como un útero a su bebé. Hacía dos años lo hallaba ahí, en sus dos encuentros semanales con el doctor.

Ambos no sabían cómo empezó la relación de Javier con el diván, pero había como un acuerdo tácito, un contrato no escrito/no oral sobre como pasarían las cosas dentro del consultorio. Satisfecho con el paciente -que no reproducía el llanto de los padres agobiados, de los anabolizados sin erección y de los adolescentes de corazón deshecho-, el doctor tampoco se molestaba en estar allá por una hora o más leyendo algunos tomos mientras el anciano roncaba su sueño de princesa. Le parecía un acuerdo justo, pues el diván le había costado no menos que algunas lucas, las cuales Javier se encargaba, lentamente, de pagar.

Y fue en ese día, acostado como un feto en la cama de millonario, que Javier empezó a buscar por los números de los cuales huía y a preguntarse qué estaba haciendo allá. Por dos años había pagado para acostarse en el diván más confortable de la ciudad. Veinticuatro meses, o precisamente 104 semanas, en cada cual gastaba dos de los días para visitar el psicólogo. Algo como 100 pesos por cita, o 20.800 al total, con los cuales imaginó que se podía comprar por lo menos unos veinte sillones.

Y desde entonces el doctor pasó a preguntar por aquél hombre sin teléfono, con una mancha graciosa en la frente y sobre quien nada más sabía.